Dave aguarda a pocos metros de allí con las manos metidas en los bolsillos traseros de los tejanos a que Mrs. Connolly deje a su pequeño en el colegio.
Mientras saluda a Mrs. Connolly con cortesía piensa que en este mundo nadie tiene lo que desea y, sin atender a sus comentarios, acompaña a Mrs. Connolly a tomar té a casa de ella; después se revolcarán sobre la cama de matrimonio o sobre el sofá.
Dave imagina que ese sofá lo tiene que haber visto todo en tanto que Mrs. Connolly le suplica al oído que la haga olvidar.
La renta te convierte en visible o invisible, en digno o infame. La renta te sitúa en el mapa de aceptabilidad humana, de lo humanamente admisible o tolerable. No sé si algunavez les he contado que hay determinadas variantes de lo humano que de ninguna manera atraviesan el filtro de lo que considero aceptable, incluso suficiente.
La renta determina si tu momento en este mundo, si tu tempo, es el adecuado o no.
Sabes que no te quita el ojo de encima mientras cambias de ubicación todo los artículos de la estantería, un pasatiempo como otro cualquiera. También sabes que no te va a llamar la atención -cuestión de no saber coordinar una frase en tu idioma- y, además, tienes la certeza de que le suda la polla lo que hagas con las sopas de sobre, los paquetes de arroz y las cajas de caldo concentrado a punto de caducar.
Le da igual que el artículo no se corresponda con el precio marcado en el borde de la estantería porque siempre cobra lo que le viene en gana; y si hay algún problema, entonces la culpa vuelve a ser del idioma.
Lo que realmente le jode, lo que le molesta, es no poder verte los ojos porque los llevas ocultos bajo unas gafas de sol negras; eso es lo que le desconcierta.
Se pueden dar muchas lecturas a un viaje no deseado, se puede pensar que Poncela era, en el avión, un pasajero corriente volando hacia un destino absurdo, huyendo de alguien o buscando a cualquiera, ensimismado en el enigma de la divinidad e indiferente ante la sonrisa amable y empeñosa de las azafatas de Lufthansa.
Cada uno de los viajeros tendría cosido a sí mismo un motivo que justificara el embarque en aquella inmensa batidora. Poncela también tenía el suyo, solo que no iba a firmar ningún contrato industrial, ni huía de nadie ni iba a dar vueltas como una peonza durante días aferrado a un plano turístico, lo que él iba a hacer tan lejos de su país era convertirse en un suceso inesperado.