Esto se hunde. Ayer asistimos al entierro de Margarita, la penúltima ayudante del lanzador de cuchillos. Hans el enano consideró adecuado leer en alto un farragoso párrafo de una novela del oeste de Marcial Lafuente Estefanía. No presté atención, me encontraba absorto con la baraja de cartas y la mujer barbuda tampoco tenía demasiado interés en el funeral y se afanaba en descubrir dónde se hallaba el as de picas.
-Toma –le entregué la baraja- ya no quiero ser mago.
Una ráfaga de aire helado de los Monegros se llevó las palabras del enano. El cielo era limpio pero yo no podía entrever cuál sería mi futuro.

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Josele Santiago – Mi prima y sus pinceles

Qué peligro,
aquí siempre es domingo
y empezamos a pensar
otra vez en lo mismo.
Es claro,
es de catecismo.
Mi primita se dispone
a hacer turismo.

De excursión por el abismo.

Prepara
mi prima sus pinceles
y pinta puertas
por todas las paredes.

Y pieles,
se pinta muchas pieles,
sabe dónde cambiarlas
por más pinceles.

Y pintarse así más pieles.

Escucha,
los muertos dicen que no,
la calle grita que sí.

Escucha,
los muertos dicen que no,
la calle grita que sí.

Escucha,
los muertos dicen que no,
la calle grita que sí.

Escucha,
los muertos dicen que no,
la calle grita que sí.

Ay, ay, ay, ay …
De entre todas sus pieles
ya se asoma la más blanca,
la que más le duele.

Ay, ay, ay, ay …
No pintes tus papeles,
que todo el mundo
reconoce ya tus pinceles.

Todo el mundo se los huele.

Escucha,
los muertos dicen que no,
la calle grita que sí.

Escucha,
los muertos dicen que no,
la calle grita que sí.

Escucha,
los muertos dicen que no,
la calle grita que sí.

Escucha,
los muertos dicen que no,
la calle grita que sí,
la calle grita que sí …
la calle grita que sí …
la calle grita que sí …

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