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En una ciudad de tres millones de habitantes donde se cometen tres asesinatos cada día, la probabilidad de ser testigo de uno de ellos era casi intangible, tratar de estar en intervalos de cada ocho horas en el lugar oportuno era el mejor camino para volverse loca.

Así que intenté racionalizar el asunto y barajé varias posibilidades, una de ellas era provocar yo misma el asesinato, pero me pareció que esto desvirtuaba el rastreo, quería ser testigo, no  sujeto. Así que me senté en un banco de un parque y me dispuse a observar; debía de decidir qué buscaba: un asesino o un futuro asesinado.

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Carlos Berlanga – ¿Qué sería de mí sin ti? (1994)
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