Un día te das cuenta que nadie está de tu lado, que Robert de Niro se afeita la cabeza y pasea entre los demócratas con una pistola bajo la bomber.
Un día la gente te da asco, ya no es un tema de derechas o de izquierdas, de tolerancia o de xenofobia. Un día decides que te extirpas del mundo, que vas por libre, que nada te va a afectar porque los otros están en una división que no es la tuya.
De pequeño me partieron la cara en más de una ocasión por desafiar al matón.
Cuando todo el mundo evitaba que su mirada se cruzara con la del perdonavidas, yo era el único que se atrevía a darle un repaso visual a sabiendas de que acto seguido me partiría la cara. ¿Y qué? Siempre habría un dentista o un traumatólogo dispuesto a componer los desperfectos.
Pero yo me veía como un ganador porque lograba sacar de quicio al más pendenciero de la clase.
Y además, nadie más se atrevía a ponerse en la dirección del puño o de la bota, con lo que ya disponía de ciertas habilidades que los demás carecían.